22 de agosto 2025, 19:34hs
Carmen Palomino
Desde muy chico, Nicolás Mazzola supo que el mar iba a marcar su vida. Creció entre reguladores y tanques de oxígeno, en la escuela de buceo que fundó su padre, pionero de la actividad en nuestro país. Allí, el agua no era un pasatiempo, sino una forma de vida. Sus primeros recuerdos están ligados a Península Valdés, donde buceaba entre pingüinos, lobos marinos, pulpos y, en ocasiones, las majestuosas ballenas francas australes. También a los naufragios que visitaba junto a su padre, escuchando historias de barcos que un día navegaron y que luego quedaron atrapados en las profundidades.
El contacto con el mar se mezcló pronto con la pasión por la fotografía. Su padre, egresado de un colegio industrial, fabricaba cajas estancas para proteger las cámaras bajo el agua. Con esas herramientas caseras, Nico dio sus primeros pasos en la fotografía analógica y se maravilló con las diapositivas que revelaban un universo azul, repleto de vida y misterio.
Con el tiempo, su oficio lo llevó a experiencias inolvidables. Una de las más impactantes ocurrió mientras trabajaba en el documental Pingüinos: evolución y supervivencia, de su amigo Diego Canut. En San Antonio Oeste, mientras buscaba registrar a las ballenas, una joven franca se le acercó atraída por el pitido de su computadora de buceo. La interacción fue mágica: una danza bajo el agua en la que él trataba de darle espacio y respeto. Fue un instante que marcó para siempre su manera de entender la fotografía submarina: paciencia, respeto y la certeza de que son los animales quienes deciden cuándo compartirnos un momento de sus vidas.
Esa mirada ética atraviesa todo su trabajo. Para Mazzola, fotografiar bajo el agua no es solo una práctica técnica: es un puente entre mundos. Cada imagen conecta a las personas con un universo que pocos conocen de cerca, y en esa conexión nace la conciencia sobre la necesidad de cuidar los océanos. “Nunca hay que forzar a un animal ni alterar su comportamiento —dice—. Lo mejor ocurre cuando ellos mismos se predisponen a encontrarse con nosotros”.
Hoy, además de seguir retratando la vida submarina, Nicolás lleva adelante un proyecto cargado de emoción personal: la película La búsqueda del Helvecia. Se trata de un barco perdido hace más de 100 años, que él buscaba junto a su padre en expediciones familiares. Tras el fallecimiento de su padre en 2018, decidió retomar la investigación de manera profesional y logró dar con el naufragio. Ahora trabaja en terminar el documental, que no solo narra la historia del barco, sino también la de un vínculo profundo entre padre e hijo, unidos por la pasión y la memoria bajo el agua.
Desde las primeras cámaras desechables hasta las sofisticadas carcasas electrónicas actuales, desde la curiosidad infantil en Península Valdés hasta los desafíos técnicos de la Antártida —su gran sueño pendiente—, el camino de Nicolás Mazzola es el de alguien que aprendió a mirar bajo la superficie para revelar aquello que permanece oculto. Su obra es, al mismo tiempo, un homenaje al mar, a su padre y a todas las historias que esperan ser contadas en silencio, bajo las olas.
📸 Podés seguir su trabajo en Instagram: @nico.mazzola